Criar sin tribu: cómo afecta a la pareja la falta de sostén
- 13 may
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Actualizado: 20 may
Hasta hace pocas generaciones, un hijo no lo criaban dos personas. Lo criaba una comunidad. Abuelos presentes, tíos cercanos, vecinos conocidos, una red de adultos disponibles que distribuía la carga, sostenía a los padres, y le daba al niño más de un lugar donde pertenecer.

Ese modelo desapareció casi por completo. Y lo que quedó, en la mayoría de las familias urbanas contemporáneas, son dos personas — a veces una — enfrentando una de las tareas más exigentes de la vida humana sin prácticamente ningún relevo.
Las consecuencias para la pareja son profundas, y rara vez se las nombra como lo que son.
La carga que nadie calculó
Cuando una pareja decide tener hijos, pocas veces calcula con precisión qué va a implicar eso para el vínculo entre ellos. Se piensa en el bebé, en la logística, en el trabajo, en el dinero. Pero no siempre se piensa en cómo dos personas que llegan al final del día completamente vaciadas van a tener algo genuino para darse el uno al otro.
Porque eso es lo que ocurre. La crianza — especialmente en los primeros años, pero también mucho más allá — consume recursos de manera sostenida: atención, contacto, paciencia, presencia, energía emocional, tiempo. Cuando esos recursos se agotan en la demanda cotidiana y no hay nadie más que ayude a reponerlos, la pareja empieza a operar en déficit permanente.
No es falta de amor. Es agotamiento de capacidad.
Lo que históricamente hacía la tribu
El antropólogo y escritor Sebastian Junger describe algo que resulta incómodo en su simplicidad: los seres humanos evolucionaron para vivir en grupos pequeños y cohesionados, donde la carga de la supervivencia — incluyendo la crianza — se repartía entre muchos. La familia nuclear aislada es una invención muy reciente, y el sistema nervioso humano no está diseñado para ella.
Humberto Maturana, biólogo chileno cuyo trabajo sobre el amor como fundamento de lo humano tiene implicancias directas en cómo entendemos los vínculos, señalaba algo relacionado: los seres humanos necesitamos ser vistos, sostenidos, acompañados para poder funcionar bien. Eso no cambia cuando uno se convierte en padre o madre. Pero la cultura contemporánea actúa como si debiera cambiar — como si el adulto que cuida a otros no necesitara también ser cuidado.
La tribu hacía eso. Le daba a los padres lo que los padres le daban a los hijos: presencia, relevo, contención. Sin eso, el sistema funciona, pero funciona bajo una presión que no fue diseñada para sostener indefinidamente.
Cómo afecta esto a la pareja específicamente
Cuando dos personas crían sin red, pasa algo predecible: la pareja empieza a funcionar principalmente como equipo de crianza. Las conversaciones son logísticas. El tiempo compartido está ocupado por la gestión del hogar y los hijos. La intimidad — emocional, sexual, lúdica — queda postergada para "cuando los chicos sean más grandes" o "cuando tengamos más tiempo".
Ese tiempo muchas veces no llega. Y mientras tanto, el hábito de la distancia se instala sin que nadie lo haya elegido.
Hay algo más que ocurre y que es más difícil de ver: cuando dos personas son la única fuente de sostén el uno para el otro — sin comunidad, sin red, sin nadie más — la presión sobre ese vínculo se vuelve enorme. La pareja tiene que ser simultáneamente compañero de vida, co-padre, amigo, amante, confidente, y el único adulto disponible para lo que surja. Es demasiado para un solo vínculo.
Y cuando uno de los dos falla en alguno de esos roles — porque es humano, porque está agotado, porque simplemente no puede cubrirlo todo — la decepción es proporcional a la expectativa. Y las expectativas, cuando no hay nadie más, tienden a ser muy altas.
El resentimiento que no se nombra
Uno de los efectos más silenciosos de la crianza sin red es el resentimiento que se acumula en la pareja sin que ninguno de los dos lo conecte con su causa real.
La persona que siente que carga con más — que hace más, que está más presente, que sacrifica más de su vida anterior — acumula resentimiento hacia la pareja. La otra persona, que tal vez trabaja más horas fuera o simplemente tiene un umbral diferente para cuánto hay que hacer, no entiende por qué el otro siempre está al límite o al borde de la irritación.
Lo que ninguno de los dos ve claramente es que el problema no está en la pareja. Está en un sistema que pone sobre dos personas una demanda que debería distribuirse entre muchas.
Eso no resuelve el resentimiento mágicamente, pero cambiarlo de lugar — de "vos no hacés suficiente" a "los dos estamos cargando demasiado solos" — cambia completamente el tipo de conversación que es posible tener.
Lo que se puede hacer con esto
No hay una solución individual para un problema que es en parte estructural. Pero hay movimientos que marcan la diferencia.
El primero es nombrarlo — reconocer en la pareja que lo que están viviendo no es una falla de ninguno de los dos sino el resultado predecible de un modelo de crianza que exige demasiado de muy pocos.
El segundo es buscar activamente lo que la tribu ya no ofrece de manera espontánea: otros padres con quienes repartir algo de la carga, redes de cuidado recíproco, cualquier forma de sostén que reduzca el aislamiento. Esto no siempre es fácil de construir, pero es posible.
El tercero — y este es el que más impacta directamente en la pareja — es proteger deliberadamente algún espacio para el vínculo de pareja, separado del rol de padres. No porque sea un lujo, sino porque el vínculo de pareja es también un sostén para los hijos. Una pareja que tiene algo genuino entre sí, que no está solo gestionando, es una pareja que puede estar más presente para lo que importa.
Ese espacio no aparece solo. Hay que crearlo. Y muchas veces, crearlo requiere primero entender por qué desapareció.
Si reconocés algo de esto en tu relación, ofrezco una videollamada sin costo para conocernos y evaluar si este espacio puede ser útil para donde están ustedes ahora.
Matias Garber es terapeuta especializado en parejas y procesos individuales. Vive en Argentina y atiende online y presencial en Mar del Plata (en Güemes y Acantilados). Integra el enfoque sistémico con la Comunicación No Violenta y el trabajo con partes internas.




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