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Límites en la crianza: entenderlos no como control sino como cuidado

  • 13 may
  • 4 Min. de lectura

Cuando se habla de límites en la crianza, la imagen que aparece casi automáticamente es la del adulto que frena al niño. El "no" que detiene, la norma que prohíbe, la autoridad que corrige.


Esa imagen no está del todo mal — pero está incompleta. Y lo que falta en ella explica por qué tantos adultos que quieren poner límites con sus hijos terminan sintiéndose culpables, inconsistentes, o simplemente agotados de una batalla que no termina nunca.



El límite que viene de afuera y el que viene de adentro


Rebeca Wild, pedagoga alemana cuyo trabajo con la pedagogía viva transformó la manera de entender el desarrollo infantil, hacía una distinción que parece simple pero tiene consecuencias profundas: hay límites que vienen de una norma externa — "así se hace", "los niños no hacen eso", "porque lo digo yo" — y hay límites que vienen de una necesidad real del adulto o de la situación.


Los primeros son frágiles. Dependen de que el adulto los sostenga con autoridad o con energía, y cuando esa energía falta — cuando el adulto está cansado, distraído, o simplemente no recuerda por qué puso esa regla — el límite se cae. Y el niño, que tiene un radar muy fino para la autenticidad, lo percibe.


Los segundos son mucho más sólidos. "No puedo seguir jugando porque estoy agotado" es un límite que viene de algo real. El niño puede no estar de acuerdo, puede protestar, puede frustrarse — pero hay algo en ese límite que puede reconocer como verdadero. No es arbitrario. Es humano.


Wild insistía en algo que incomoda a muchos adultos: para que un límite sea genuino, tiene que venir de una necesidad del adulto, no solo de lo que el adulto cree que es bueno para el niño. El límite no es una herramienta pedagógica que se aplica desde afuera. Es una expresión de quién es el adulto y qué puede sostener.



El amor que permite que el otro exista


Humberto Maturana, biólogo y pensador chileno, desarrolló una perspectiva sobre el amor que resulta revolucionaria en su sencillez: amar es aceptar incondicionalmente al otro como legítimo otro . No como proyecto a moldear, no como extensión de uno mismo, sino como alguien con su propia existencia, su propio ritmo, su propia manera de ser.


Desde ahí, el límite no es lo opuesto del amor — es una de sus expresiones más claras. Cuando un adulto le dice a un niño "hasta acá puedo", está siendo real. Está ocupando su lugar. Está siendo alguien con quien el niño puede encontrarse de verdad, no una superficie que se adapta a todo.


Maturana describía el miedo como el estado que más altera la convivencia y la capacidad de aprender. Un adulto que pone límites desde el miedo — miedo a que el niño sufra, miedo a no ser suficientemente buen padre o madre, miedo al conflicto — transmite ese miedo. El niño lo absorbe. Y ese miedo interfiere con exactamente lo que se quería proteger.


El límite que viene del amor — que viene de la claridad sobre lo que uno puede y no puede, sobre lo que cuida a todos en el espacio compartido — tiene una textura completamente diferente.



Lo que el niño aprende del cuerpo del adulto


Hay algo que Wild observó en años de trabajo directo con niños y que tiene implicancias enormes: los niños no aprenden los límites de las palabras. Los aprenden del cuerpo del adulto.

Un adulto que dice "no" pero su cuerpo comunica duda, culpa o ansiedad no está enseñando un límite. Está enseñando que los límites son inestables, negociables, que con suficiente insistencia pueden moverse. Y el niño, naturalmente, aprende a insistir.


Un adulto que dice "no" desde un lugar tranquilo y firme — sin drama, sin culpa, sin necesidad de justificar demasiado — está enseñando algo completamente diferente: que los límites existen, que son reales, y que no son una amenaza al vínculo. El niño puede no estar contento. Pero puede confiar.


Esto requiere algo que muchos adultos no tienen suficientemente desarrollado: la capacidad de tolerar la incomodidad del niño sin apresurarse a hacerla desaparecer. La frustración del niño, sostenida por un adulto presente y tranquilo, es parte del aprendizaje. No es un problema a resolver — es el proceso.



El adulto que no puede ponerse límites a sí mismo


Acá está uno de los puntos más difíciles de la perspectiva de Wild: el adulto que no puede reconocer sus propios límites — que no puede decir "estoy agotado", "necesito ayuda", "esto me supera" — tampoco puede transmitirle límites genuinos al niño.


No porque no lo intente. Sino porque el modelo que transmite con el cuerpo es el de alguien que se sostiene a sí mismo más allá de lo que puede, que ignora sus propias necesidades, que sigue funcionando aunque esté vaciado. Y ese modelo, también, se aprende.


El niño que crece viendo a sus padres sin límites propios aprende que los límites son algo que se le pone a los otros, no algo que uno tiene para sí mismo. Eso tiene consecuencias que se despliegan mucho más adelante, en sus propias relaciones adultas.



Límites que cuidan el espacio de todos


La imagen de los límites que emerge de Wild y Maturana no es la del adulto controlador ni la del adulto permisivo. Es la del adulto que ocupa su lugar — con presencia, con claridad, con la capacidad de estar ahí de verdad.


Los límites, en esta perspectiva, no dividen. Estructuran. Le dan al niño información real sobre el mundo en que vive: que los otros tienen necesidades, que el espacio es compartido, que el amor no implica borrarse para que el otro esté cómodo.


Eso es lo que un niño necesita aprender para poder, más adelante, tener relaciones genuinas. No aprender a obedecer, no aprender a complacer — aprender que puede existir plenamente en relación con otros que también existen plenamente.


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Terapeuta parejas Mar del Plata

Matias Garber es terapeuta especializado en parejas y procesos individuales. Vive en Argentina y atiende online y presencial en Mar del Plata (en Güemes y Acantilados). Integra el enfoque sistémico con la Comunicación No Violenta y el trabajo con partes internas.








 
 
 

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